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El
Jibarito guillado

Por Willie
Colon
El corazón
de Héctor lavoe sigue siendo un misterio para las personas que
tanto lo recuerdan y quieren saber mas de su ídolo. Héctor Juan
Pérez, el jibarito del barrio Machuelito de a cantera de Ponce.
Nos sigue cantando como nos prometió: “desde la otra vida”. Creo
que son raros los barrios de América donde no se escuchan los
soneos del Cantante de los Cantantes resonando por las avenidas
y callejones.
Aunque
toda la vida quiso ser un balandro del barrio, por muchas
razones (u peso y tamaño las mas importantes) no pudo sobrevivir
en ese ambiente. Héctor y yo nos identificamos porque a ambos la
vida nos “cayó a podrá” desde el principio.
La vida de
Héctor no fue un cuento de hadas. Sus destrezas, su fama y su
breve fortuna fueron adquiridas con el caro precio de sangre,
sudor y sufrimientos. Aunque pudo superar las malas experiencias
a través de toda su vida, el cúmulo de todo esto inculcó en él
una soledad aplastante. Dicen que es mejor estar solo que con
mala compañía, pero en el caso de Héctor Lavoe cualquier
compañía era buena. Y fue esta soledad la que le tejió esta
telaraña de la cual no pudo escapar. Solo, aun rodeado de gente.
Creo que
fue ese “corazón de jibarito” el que lo hizo vulnerable a los
joseadores y las marañas de la calle. Siempre esplendido y
generoso, a veces la gente pensaba que él lo hacia para darse
importancia. Pero algunos de sus amigos sabían que a veces le
daba vergüenza el hecho de que no supo decir la palabra “NO”.
Ese detalle fue el colmo. Sobrevivir en ese ambiente requiere
saber decir NO. La seducción y el éxtasis de la fama conllevan
un precio muy caro. La fama es tan adictiva como la heroína, tan
fugaz como una quimera y tan inconstante como una mujer.
Incondicionalmente necesitada e implacable en sus exigencias.

Héctor
llegó a New York; un jibarito pícaro. Jovencito con maña y
muchas ganas de triunfar. Un flaco bonitillo con mucha labia.
Héctor era brillante, tenia un sentido del humor que era como un
látigo para aquel que se atreviera a meterse con él. Tenia un
impresionante repertorio de refranes (como buen boricua)y un
vocabulario lírico y de estilos musicales sin igual. Por eso
cuando yo quería hacer una canción en cualquier estilo, sea un
tango estilo Gardel, una bomba estilo Maelo, o un mapeye estilo
Chuíto, Héctor lo entendía y lo ejecutaba sin perder el compás.
S i
estudiamos bien las primeras grabaciones que nos ganaron el
aclamo del público y recordamos nuestros éxitos mas importantes
como binomio, escucharan a un Héctor Lavoe claro, derecho,
brillante y simpático. Juntos componíamos fácilmente. Héctor
sólo necesitaba que alguien se sentara con él y las ideas fluían
como agua de una fuente.
Hoy día,
solo nos presentan a un Héctor Lavoe contorsionado, cantando
arrebatado y hablando sucio. Esto se debe al talento limitado de
sus imitadores, que solo les alcanza para hacer muescas de una
caricatura de Héctor Lavoe. Homenajes siniestros que son meras
oportunidades para promover artistas de poca creatividad y menos
escrúpulos. Promotores y empresarios lo explotaron hasta el fin.
Hasta en su agonía siguieron vendiéndolo y exhibiéndolo cuando
ya no podía ni con su alma. Hoy continúan los tributos.
Productores le montan obras teatrales y hasta películas, sin
hacer investigaciones apropiadas y sin entender quien era Héctor
Lavoe. Otros se han apoderado del libro de sus arreglos
musicales y siguen usando fondos para caridades nebulosas.
La
maldición de Héctor Lavoe no terminó con su deceso. Su espíritu
sigue agonizando, atormentado por los que siguen viviendo de su
nombre y ganando buena plata, mientras Héctor estuvo durante
casi diez años en su cementerio sin una lapida, y su esposa
Puchi (q.e.p.d) trabajaba en un base de taxis. Gente que no lo
conocían, que nunca hicieron nada por él, y que se seguirán
enriqueciendo a costilla de Héctor de cualquier manera
De parte
de Héctor Lavoe, le doy las gracias a Tite Curte Alonso , Héctor
Maisonave, Arturo Franklin (q.e.p.d), Ismael Rivera (q.e.p.d),
Cheo Feliciano, Rubén Blades y todos aquellos que influyeron y
contribuyeron de manera positiva en la vida de Héctor. Que Dios
le dé luz y progreso a su alma. Y que aquí en la tierra llegue
por fin la justicia. Que se reconozca y respete el legado y la
memoria de una verdadera estrella de los cielos puertorriqueños
y el mundo: Nuestro “Jibarito guillado” Héctor Lavoe.
El anterior
escrito fue publicado originalmente en el libro "Cada cabeza es
un mundo" de la autoria de Jaime Torres Torres
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