ES GRANDE
SER CHEVERE, PERO ES MAS CHEVERE SER GANDE !!!
Por
Ernesto Mcausland
El presente articluo fue cedido por su autor aSalsayTimbal.com
Gracias Ernesto!
LAVOE: También llegó tarde a la muerte
(Ante el
fallecimiento del cantante Héctor Lavoe)
I. NO ME LLOREN NA
No quiero que nadie llore si yo me muero mañana,
señores no traigan flores
para mí no quiero nada.
II. LA CRONICA (En primera persona)
El jueves primero de julio de 1992,
mientras estábamos a punto de aterrizar en el aeropuerto La
Guardia, de Nueva York, no podía sacar de mi cabeza al personaje
que me había obligado a tomar aquel avión a toda carrera para
asistir a su funeral.
El Cantante de los Cantantes, Héctor Lavoe
, había estado siempre presente en mi vida de una u otra forma.
De niño fui cautivado por «Che Ché Colé», una canción de
pegajoso ritmo africano que era como una golosina musical para
el alma infantil. Fue su primer gran éxito.
Luego, en
mi adolescencia, fui contagiado con la fiebre de salsa que se
extendió por el mundo y que tenía en «Mi gente», de Hector , a
su punta de lanza. Ya adulto, formé parte de una generación que
quedó con el corazón tatuado por canciones como «Periódico de
ayer» y «El cantante»; una generación que se sentía alucinada
por aquel hombrecillo trémulo de rostro pálido y sonrisa
zalamera, que se aparecía en los escenarios con trajes de
cuadros y que dominaba los secretos del buen cantar.
Ya
ejerciendo el periodismo tuve la suerte de conocer a Héctor
Lavoe en agosto del 86, durante su última visita a Colombia. Era
un hombre espontáneo y conversador, que enloquecía con los
vallenatos que sonaban por la radio.
--¡Eso es
salsa! --exclamó una vez, cuando escuchó una canción de
Alejandro Durán.
hablaba
atropelladamente, alternando su fuerte acento puertorriqueño con
una que otra palabra en inglés. A veces se le olvidaba lo que
estaba diciendo y pedía que le recordaran. Sus respuestas eran
enredadas. Comenzaba a decir una cosa y terminaba diciendo todo
lo contrario.
En la
entrevista que le hice, Héctor Lavoe proclamó su Manifiesto de
la cheveridad: Es chévere
ser grande, pero es más grande ser chévere . Fue ese
el titular que utilizamos, a lo ancho de la página, en El Heraldo . En
esa misma entrevista, Héctor Lavoe me habló con orgullo de su
hijo, Héctor Junior.
Treinta y
dos días más tarde, perdida en la página de espectáculos del
periódico, encontré una noticia que me estremeció de pies a
cabeza: Héctor Junior había sido asesinado en Nueva York. La
trágica muerte del hijo constituyó el comienzo de la cadena de
infortunios que habían de reseñar las agencias de noticias el
día del funeral: desapareció del mundo del espectáculo.
Cuatro
años después me enteré de que estaba ensayando para regresar al
canto. El camino de regreso había tenido malos momentos, como
una presentación con las viejas estrellas de la Fania en el
Madison Square Garden.
Convertido
en una ruina humana, delgado y cojo, se subió a la tarima para
cantar «Mi gente» y a duras penas pudo sostenerse en pie. Pero a
pesar de las circunstancias, yo tenía la certeza de que Héctor
Lavoe lograría avivar sus llamas sagradas y pronto sería el
héroe del retorno.
Viajé
entonces a Nueva York para entrevistarlo. Lo llamé desde un
teléfono público en la estación de trenes y me jugó una broma
pesada. Me dijo que iba a ensayar esa tarde en un bar del Bronx.
Acudí y no había ningún ensayo. Entonces me di cuenta de que el
cantante me había enviado a una de las zonas más peligrosas de
Nueva York. Gracias a un buen amigo, logré averiguar que los
ensayos eran en el Boy's Harbor, frente al Central Park, y allí
lo encontré a las ocho de la noche.
Quedé
impresionado. De aquel muchacho jovial y regordete que había
conocido en 1986 en Barranquilla, sólo quedaba un hombrecillo de
rostro verdoso y cabellos escasos que apenas podía caminar. Lo
entrevisté pero no logré que me dijera una frase coherente.
Luego lo vi ensayar: su voz estaba intacta, también su ánimo. En
un descanso improvisó estas notas: « Bésame, bésame mucho, como si
fuera el marido que yo te quité... ».
El
aterrizaje me hizo regresar de mis recuerdos. El funeral me
esperaba en Manhattan.
III. TODO TIENE SU FINAL Como el lindo clavel
sólo quiso florecer
enseñando su belleza
y marchito perecer.
IV. LA
NOTICIA
NUEVA YORK, julio 1 (Associated Press) --- El popular cantante
puertorriqueño Héctor Lavoe fue sepultado hoy al mediodía,
después de un desfile de cuatro horas que recorrió las
principales calles de Manhattan y el Bronx, paralizando el
tráfico y produciendo reacciones espontáneas entre transeúntes y
residentes del sector.
Una
multitud de gente del común acompañó al Cantante de los
Cantantes hasta su última morada, en una ceremonia callejera que
pareció más un carnaval que un funeral.
Auténticos
personajes de la calle, muchos de ellos prostitutas y borrachos,
caminaron al lado de la carroza mortuoria, bailando y cantando
las canciones de Héctor Lavoe , cuya voz brotaba por un sistema
de altavoz que acompañaba el cortejo fúnebre.
falleció
el pasado 29 de junio a los 45 años, a raíz de un infarto
cardíaco, motivado por complicaciones asociadas con el sida,
luego de una penosa cadena de infortunios y batallas perdidas
con la droga y el alcohol.
Nacido en
1947 en Ponce, Puerto Rico, y tras emigrar a Nueva York en 1961,
Héctor Lavoe fue protagonista principal de los años dorados de
la salsa, cuando al lado de las Estrellas de la Fania, llenó
estadios, vendió millones de discos y sacudió al mundo entero
con su voz melodiosa y sus inspiraciones soneras.
A pesar de
la hegemonía de entre las figuras de la Fania, sólo unos pocos
de sus colegas asistieron al funeral.
V. EL REY DE LA PUNTUALIDAD (I)
Yo seguiré
en mi vaivén, cantando con sabrosura,
siempre estaré con
ustedes, ¡mi gente! hasta que a mí me lleven
en contra de mi voluntad,
que me lleven a la
sepultura .
Una
multitud de gente del común acompañó al Cantante de los
Cantantes hasta su última morada, en una ceremonia callejera que
pareció más un carnaval que un funeral.
Auténticos
personajes de la calle, muchos de ellos prostitutas y borrachos,
caminaron al lado de la carroza mortuoria, bailando y cantando
las canciones de Héctor Lavoe , cuya voz brotaba por un sistema
de altavoz que acompañaba el cortejo fúnebre.
falleció
el pasado 30 de mayo a los 45 años, a raíz de un infarto
cardíaco, motivado por complicaciones asociadas con el sida,
luego de una penosa cadena de infortunios y batallas perdidas
con la droga y el alcohol.
Nacido en
1947 en Ponce, Puerto Rico, y tras emigrar a Nueva York en 1961,
Héctor Lavoe fue protagonista principal de los años dorados de
la salsa, cuando al lado de las Estrellas de la Fania, llenó
estadios, vendió millones de discos y sacudió al mundo entero
con su voz melodiosa y sus inspiraciones soneras.
A pesar de
la hegemonía de entre las figuras de la Fania, sólo unos pocos
de sus colegas asistieron al funeral.
VI. EL COMPAÑERO
(Willie Colón, el hombre que descubrió a para la música, evoca
uno de los momentos más dramáticos en la vida de : el intento de
suicidio en San Juan de Puerto Rico.)
«Recuerdo
el día en que pasó eso. Estábamos en Puerto Rico para un
concierto de muchas orquestas. Pero hicieron el concierto en una
época en que había muchas fiestas patronales allá y las fiestas
patronales son gratis. Así que al concierto de nosotros no fue
nadie.
El
promotor nos llama al hotel y nos dice: 'mira Willie, mejor no
vengas'. Recuerdo que los músicos nos sentamos en el bar del
hotel, a ver si nos llamaban para cambiar la orden.
Pero
Héctor Lavoe estaba en una condición que no quería aceptar eso.
Se fue para el sitio del concierto y allí dijo: 'A mí no me
importa si hay tres personas. Yo voy a tocar aquí'.
Mientras
cantaba, empezaron a desmontar el equipo de sonido y terminaron
apagándole las bocinas. Fue todo un trauma. Yo creo que eso
encendió la mecha. Al otro día me llamaron y me dijeron que se
había tirado del noveno piso».
VII. EL REY DE LA PUNTUALIDAD (2) Tu gente
quiere oír tu voz sonora nosotros sólo queremos
que llegues a la hora.
VIII. LA CRONICA (En tercera persona)
Fue
una muerte larga, lenta y tormentosa que sólo Dios sabe cuándo
comenzó a gestarse. Pudo ser en la infancia, cuando su madre
murió de tuberculosis, dejándole como herencia su primera
enfermedad y su primera soledad.
LAVOE: También llegó tarde a la muerte
O pudo
ser en aquel verano del 63, cuando --un mes después de haber
emigrado a Nueva York-- su hermano mayor le dio la cordial
bienvenida al mundo de la drogadicción intravenosa.
O quizá
fue treinta años más tarde, cuando después de haber sido la
sensación mundial de la salsa, quiso ponerle punto final a una
cadena de tribulaciones y se lanzó al vacío desde el noveno piso
del hotel Excelsior en San Juan de Puerto Rico.
Abatido
finalmente por ese coctel de infortunios y autodestrucción que
fue siempre su vida, Héctor Lavoe le dijo adiós a este mundo el
último martes de junio del 92, en una habitación de solemnidad,
mientras afuera Nueva York era escenario de su gran fiesta de
sol, ropas ligeras, palomas, turistas, ratas, pordioseros,
limosinas, ventas ambulantes, pintores callejeros y todas las
criaturas del verano.
Murió
convertido en una memoria distante de canciones premonitorias;
en una leyenda del pasado reciente, envuelto en un cuerpecillo
maltrecho que le funcionaba muy mal y que no le servía ya ni
para cantar, ni para encender uno de esos cigarrillos Camel que
a él tanto le gustaban. Su última frase quedó enterrada en la
memoria de su hermana, Sonia, quien, con tufo de alcohol,
declaró a los periodistas en el funeral:
--Sus
palabras finales no las puedo repetir en público porque ustedes
saben cómo Héctor hablaba.
Y estalló
en carcajadas.
El
Cantante de los Cantantes había pasado su último año de vida en
un edificio gris y paranoico, de herméticas ventanas y
sofisticada arquitectura, situado frente a una de las rejas de
entrada al Central Park. Es el Cardinal Cooke Health Center, una
especie de asilo de caridad, donde desde hacía diez años
funcionaba un pabellón especial para pacientes de sida
menesterosos.
Allí había
llegado un año antes de su muerte. Alguien lo dejó en la puerta,
convertido en un loquito callejero que hablaba incoherencias y
se veía desolado. Héctor Lavoe duró quince días en medio de un
absoluto anonimato, tendido en una cama y gritando disparates.
Ni las
enfermeras puertorriqueñas, ni nadie en el hospital, se dieron
cuenta de que aquel paciente de sida esquelético y arruinado,
era el carismático sonero que quince años atrás era vitoreado y
alzado en hombros por enloquecidas multitudes. Hasta que un
compañero de piso, chofer de camión, lo oyó cantar una tarde y
reconoció la voz. La familia fue avisada de inmediato. Su íntimo
amigo y abogado Jorge Carmona fue a verlo, pero Héctor no lo
reconoció.
--Llévense
a ese tipo de acá --gritó.
Esa misma
tarde, Nilda Pérez, su esposa, acudió al hospital. Estaba
angustiada. Desde hacía un año y medio, Héctor Lavoe había
desaparecido. La visita lo hizo reaccionar. Héctor salió de
inmediato de sus nebulosas mentales, se levantó como pudo,
abrazó a su mujer, y los dos lloraron juntos durante dos horas.
Nilda supo
entonces dónde había estado su esposo durante el tiempo en que
duró perdido. Davey Lugo, un corpulento conguero puertorriqueño,
se lo había llevado para Miami, donde Héctor se presentaba en
bares de mala muerte, cantando en deplorable estado de salud por
unos pocos dólares y consumiendo heroína en abundancia. En una
de esas jornadas, sufrió una sobredosis. Así fue trasladado a
Nueva York y dejado a las puertas del Cardinal Cooke.
Reanimado
tras el encuentro con su mujer, Héctor recuperó su buen humor, y
lo hizo de tal manera que llegó a bromear sobre la gran tragedia
de su vida reciente, el intento de suicidio en un hotel de
Puerto Rico. Decía que se había tirado porque él y su esposa
habían apostado a quién llegaba primero al casino.
---Por eso
me boté --- decía ---, para ganal la apuesta.
EH) ¿Pero no cree usted que la juventud latinoamericana se ha
alejado de la salsa?
HL) Mira
mano, lo que pasa es que ahora mismo la salsa está en un bache y
tiene que salir un títere como el hijo mío, Héctor Lavoe Jr. A
ese tipo yo lo voy a poner a cantar salsa en inglés porque canta
lindo; él me da tres patadas a mí. Y va a tener que ponerse los
pantalones bien puestos porque yo voy a salir a cantar salsa en
inglés antes que él.
Y no tengo
que hacerlo porque hay más latinos que americanos pa' que lo
sepas. ¿Tú sabes cuántos mexicanos hay? ¿Sabes qué grande es
Colombia, Panamá, Bolivia? Todos esos países hablan español.
Pa' qué
tenemos que ir a un público americano, si ya ellos tienen
demasiaos americanos bueno, porque los americanos que cantan son
buenísimos. ¿Pa' qué nosotros vamos a invadil ese territorio?
¡Que se vayan al carajo!
EH) ¿Cómo explica su carisma?
HL) Yo
miro a la gente primero y así siento vibraciones. Yo soy una
persona que a mí tú no puedes odial; a mí tú tienes que
querelme.
XI. EL CANTANTE Me pára
siempre en la calle mucha gente que comenta:
'Oye Héctor, tú estás
hecho siempre con hembras y en
fiestas'. Y nadie pregunta si sufro
si lloro si llevo una pena que
duele muy hondo.
XII. LA CAMARA
Plano abierto a la iglesia de Santa Cecilia de Manhattan. A
través de la puerta principal varios hombres sacan el ataúd, que
está cubierto con la bandera puertorriqueña, mientras alcanza a
entreverse una llovizna leve. Se produce entonces un paneo lento
hacia el otro lado de la calle, donde una multitud es mantenida
a raya por la policía. La multitud comienza a agitar pañuelos
blancos, al tiempo que grita: «¡Héctor, Héctor, el cielo está
llorando!».
XIII. MI GENTE Mi gente
lo más grande de este
mundo la que me hace sentir
un orgullo profundo.
XIV. LA ENCUESTA
«Un
orgullo profundo. Ese era él. Eso era lo que él sentía».
(Puertorriqueño en Orchard Beach, hablando de Héctor Lavoe al
día siguiente del funeral, mientras escuchaba la canción «Mi
gente» a todo volumen en una enorme grabadora.)
«Hoy el
pueblo está llorando, pero en el cielo tiene que haber un party , porque se
murió el cantante de los cantantes». (Cubano a las puertas de la
iglesia, poco antes de la salida del ataúd).
«Me da
tristeza porque murió como murió y nadie lo acompañó. Por eso
lloro y bailo, y lo amaré toda la vida». (Prostituta dominicana
toda vestida de blanco, que bailaba frenéticamente al lado del
ataúd, durante el recorrido hacia el cementerio).
«Porque
como él lo dijo, no quiso que los hipócritas lo lloraran. Pues
aquí está el pueblo, el barrio, los que de verdad lo queríamos».
(Dama puertorriqueña respondiendo a la pregunta de «¿por qué
nadie llora en este funeral?»).
«¡El
Cantante de los Cantantes vivirá, vivirá!». (Ciclista colombiano
uniformado que jamás apartó su mano de la carroza fúnebre.)
«El fue
felicidad, yo creo que él fue felicidad. Ahora está con el señor
allá arriba». (Puertorriqueño que lanzaba golpes de boxeo al
aire mientras el ataúd bajaba al sepulcro.)