Hace 50 años pasó por Medellín el más grande cantante cubano de todos los
La
verdad es que la culpa la tuvo el tren. El responsable fue el Ferrocarril
del Pacífico, aunque algunos bailadores con mala memoria le achacan la cosa
a un muchachito blanco con cara de boy scout que vino a Cali cuando apenas
tenía 23 años.

El pelaito en cuestión había nacido en el corazón de Brooklyn, sus padres lo
bautizaron con el nombre de Ricardo Maldonado Morales y el mundo lo conoció
simplemente como Richie Ray.

Pero años antes de que las trompetas incendiarias de Richie embrujaran a la
ciudad con su sonido bestial, mucho antes del Bomba Camará y cuando Celia
todavía no aparecía en el horizonte con su Bemba Colorá, el virus de la
salsa ya se había incubado en Cali.
Y no venía de La Habana, ni muchos menos de Santiago, tierra soberana.
En realidad se embarcó en Nueva York en los buques de la Flota Mercante
Grancolombiana, cruzó el Atlántico apretujado en medio de equipos de sonido
y cajas de whisky, desembarcó en Buenaventura, atravesó la cordillera
Occidental en un vagón del tren y se bajó en la Carrera Diez de Santiago de
Cali, en busca de una cintura mulata que quisiera bailar con él.
Aquel fue un viaje directo del Bronx al barrio Obrero. Una conexión
bendecida por los designios divinos de su majestad el tambor.
Este virus tenía forma de disco de 78 revoluciones, venía envuelto en papel
Kraft y le habían hecho un pequeño hoyo en el centro del alma. Todavía hoy,
en los tiempos del ‘cidí’ y el ‘dividí’, quedan por ahí algunas muestras de
esa primera encarnación de la rumba. Sus propietarios las llaman ‘panelas’ y
las utilizan como cofrecito para guardar nostalgias.
Entonces fue el tren, el hermoso tren del Pacífico, el que trajo sobre sus
espaldas los acordes de la Sonora Matancera y el Trío Matamoros a una tierra
donde se escuchaba mucha cumbia, porro, merecumbé, tango y hasta cuplé.
El virus se regó por todos los rincones y se prendió de todas las caderas.
El contagio fue inevitable, pues bien dicen por ahí que del barrio Obrero a
la 15 un paso es.
Corrían los años 50 y así, con la bendición de Changó y Yemayá, el pequeño
pueblo que fundó don Sebastián empezó a labrar su destino pachanguero.
Salsa y amor
En la historia
rumbera de Cali no existió jamás algo tan zanahorio como un ‘aguelulo’.
Aquellas fiestas de adolescentes empezaban a las dos de la tarde y
terminaban a las seis, y durante cuatro horas lo único que intercambiaban
los bailadores - además de unos ‘drinks’ hechos con panela, limón y lulo -
eran pasos de baile y miradas coquetas.
En el álbum de la memoria urbana hay evidencias claras de que muchos
conocieron esa cosa hermosa y tonta que se llama amor mientras Joe Quijano
se quejaba de que “hay una confusión en el barrio...”
Y existen pruebas irrefutables para demostrar que no fueron pocos los que
lograron emboscar unos labios rojos con la complicidad de Celio González,
quien tenía las palabras precisas para decir al oído: “Si tu supieras las
ansias que tengo de estar contigo...”
Las navajas, el tropel y algo de yerba también hacían su aparición
esporádica en algunos bailes, según las historias que todavía se cuentan en
la trastienda.
Pero de la noche a la mañana - nadie sabe cuándo ni donde, y la verdad, no
importa - un invento extraordinario pisó el acelerador de la rumba en
aquellos años 60.
El bailador, ese que cada noche escribía sobre la pista un credo, reclamaba
velocidad. Y para obtenerla decidió que los discos de 33 revoluciones se
podían poner a girar en 45.
Semejante disparate no sólo ayudó a construir la leyenda de Amparo Arrebato,
Watussi y muchos otros bailadores, sino que además le cambió la cara al ‘bogaloo’.
Cuando Richie Ray y Bobby Cruz vinieron por primera vez a Cali, en 1968,
tuvieron que correr para crear nuevos arreglos y acelerar lo que ya estaba
grabado.
No tenían otra salida
Salir a cantar “Ay que bella es la Navidad” con total lentitud podría haber
significado la muerte en plena Feria de Cali. Y en aquellos días Cali era
una ciudad para gozar, no para morir. Si acaso, para morir gozando.
Esa noche
Más de siete mil almas se apretujaban en los 3.500 metros cuadrados de la
Caseta Panamericana aquella noche del 26 de diciembre de 1968.
Cuando Bobby Cruz dijo “agúzate que te están velando”, la historia musical
de la ciudad se partió en dos.
El de aquella banda era, en verdad, un sonido bestial. Las trompetas se
soltaban como una jauría, la percusión fluía con cadencia trepidante, la
tristeza infinita del piano de Chopin se desperdigaba en ritmo de clave.
Imposible resistirse al huracán delicioso de la rumba, imposible no
sumergirse en la celebración pagana de la vida.
Fue una noche de leyenda que terminó inmortalizada por la literatura. Y los
bailadores que estuvieron allí aún sienten que después de aquellas horas
existían motivos suficientes para morir en paz.
En los años siguientes la ciudad confirmó su título de ‘Capital Mundial de
la Salsa’.

Entre los años 70 y 80 pasaron por aquí Johnny Pachecho, Cheo Feliciano,
Celia Cruz, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Bobby Valentín y todo el ‘combo’ de
Fania All Stars, además de Ismael Rivera y Vicentico Valdés. Ninguno partió
con tristezas.
El espíritu de la rumba estaba en todas partes y la piel de la ciudad quedó
marcada por los grilles. La geografía urbana se llenó de nombres sugestivos.
La Lámpara alumbraba en la calle 15, Las Jotas mandaban en la ‘calle del
pecado’, Honka Monka era un paraíso en la Octava.
La noche se vestía de fiesta en Cali, salía a preguntar dónde estaban los
aretes que le faltan a la luna y terminaba azotando baldosa con Piper
Pimienta en el Séptimo Cielo.
En 1976 vino la Sonora Matancera y faltó poco para que el CAM se derrumbara,
sin necesidad de que ningún alcalde ayudara.
Ya a principios de los 80, el nombre de Juanchito repicaba en Bayamón y
también en el Bronx. Todo el mundo quería saber qué pasaba del puente para
allá, y a orillas del río Cauca tocaron los hermanos Palmieri, Pete Conde
Rodríguez, el Conjunto Clásico, el Gran Combo de Puerto Rico, Oscar de León,
la orquesta Brodway y otra tropa enorme de soneros.
Así que cuando Jairo Varela y su Grupo Niche estrenaron en 1984 aquello que
dice “Cali pachanguero, Cali, luz de un nuevo cielo”, lo único que hicieron
fue regalarle a la ciudad un himno que hacía mucho tiempo ella esperaba.
Una noche de 1987, en pleno Festival de Orquestas, a Papo Luca casi se le
heló la sangre cuando escuchó a 30.000 gargantas que le gritaron desde las
graderías del Pascual Guerrero: “Ahora es, Yambeque rumbero bueno, ahora
es...a todos los rumberos les tiendo esta invitación”.
Y otra noche de 1993, Johnny Pacheco descubrió que en el Encuentro de
Salsotecas estaba la única copia de un L.P. que él había grabado años atrás.
Su disco había sido devorado por el fuego en un incendio que sufrió su casa
de Nueva York y Pacheco lo había buscado por cielo y tierra desde entonces.
“Por eso es que esta es realmente la ‘Capital de la Salsa’”, le dijo a
alguien en medio del asombro.
Tenía razón, a pesar de lo que hoy digan quienes creen que Cali ya no es
pachanguero.
El viejo tren, es cierto, ahora no está. El cha cha chá de sus locomotoras
no se siente ya.
Pero en esta ciudad aún es posible pararse en una esquina y escuchar:
“Échale semilla a la maraca pa´ que suene...cha cu cha...cu chu cu cha cu
cha”.
Por Pedro Navaja
Articulo publicado en el periodico el
pais.