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Sesenta años
apenas estaría cumpliendo por estos días (30 de septiembre) Héctor
Lavoe, si su temperamento y las dinámicas inherentes al mundo del
espectáculo en nuestras sociedades capitalistas no se lo hubiesen
llevado tempranamente, en 1993. Hoy mismo pudiera estar vivo, y
tal vez en el anonimato, si aquel muchacho nombrado Héctor Juan
Pérez Martínez hubiese torcido el rumbo que quizá ya le tenía
reservado cierto impulso atávico: el hombre nació en esa fábrica
de músicos y cantantes llamada Ponce, y además su juventud
transcurrió en una época que ya estaba preparándose para el parto
mayor de un nuevo signo musical. Las hormonas y las pasiones del
joven Héctor bullían de ansiedad adolescente justo cuando los años
60 estaban pariendo ritmos. Ser adolescente, llevar en la sangre
fibras ponceñas y toparse con el nacimiento de la salsa es en suma
una confluencia de eventos explosivos, cuyos efectos habrían de
ser dramáticos e irreversibles.

La secuencia es fácilmente detectable y contiene tres hitos claves. En
1946, cuando nació Lavoe, por Nueva York ya andaba Chano Pozo asombrando
a los jazzistas, retroalimentando el jazz y la latinidad. Veinte años
más tarde Palmieri, los dos Titos, Barretto, Pacheco y toda una cohorte
de elegidos le daban forma al legado de Arsenio Rodríguez y de toda
Cuba, en lo que fue la conformación de un género musical todavía sin
nombre. A un adelantado acá en Venezuela, Federico Betancourt, ya el
instinto lo había llevado directo al término más apropiado y sabroso,
pero debió pasar un tiempo antes de que todo el mundo llamara salsa a la
salsa.
Y el hito final: cuando ya había un movimiento de masas y una industria
alimentándolo de sensaciones; cuando el género despegó como fenómeno
internacional, como legado del malandreo a la cultura de masas de
occidente, apareció la figura que habría de congregar todos los
requisitos para embolsillarse la grandeza y la adoración colectiva.
Lavoe fue el emblema de nuestra generación porque era en sí mismo un
abanico de características indispensables: era latino, era pobre, era
ambicioso, era díscolo, era impulsivo, era el rey de la impuntualidad,
desafinaba pero lo hacía sabroso y con desparpajo; tenía risa fácil, le
rendía culto al goce y no al trabajo o a la riqueza, razón por la cual
fue carne de cañón, alimento de empresarios y explotadores de todo cuño.

Lea otra vez, una por una, las características que definían al ser
humano Lavoe; voltee a su lado y vea a sus amigos o a los transeúntes;
mírese ahora al espejo, haga una rápida encuesta mental para recordar a
los suyos, y responda honestamente si el 95 por ciento de esas personas
que desfilaron ante sus ojos (incluyéndolo a usted mismo) no se parece
en lo esencial a este hombre tan grande y tan cotidiano.
Héctor es la metáfora humana más dolorosa del hombre cuyo talento,
consistente en ser capaz de elevar lo populachero de un estilo a enormes
niveles de pasión y de dignidad, es utilizado y liquidado por la
mecánica implacable del dólar y sus cultores. Todos nos aprovechamos en
alguna forma del Cantante de los Cantantes: en una sociedad en la cual
todo es convertido en mercancía, millones de seres le arrebatamos la
plusvalía de las sensaciones y los recuerdos; otros pocos se quedaron
con la plusvalía en metálico. Héctor sólo guardó para sí una historia
intensa, el recuerdo de unos amores vertiginosos, las secuelas del
consumo rebajado a categoría de despilfarro, unos años postreros
vergonzosos y un final prematuro. Todo lo cual es una forma de
asesinato, y en eso también se parece El Cantante a muchos de los
nuestros: asómese a la calle y vea cuántos seres humanos produce en
serie esta sociedad y a cuántos inmola vilmente cuando no le sirven para
nada o cuando ya cumplieron con su misión: venderse en forma de
mercancía, con el rótulo de bienes y servicios.

Veinte años no son nada: usted canta la canción tres veces, calcula el
tiempo transcurrido desde que moduló el primer acorde y allí lo tiene,
pequeño y mezquino, un insignificante fragmento de tiempo medido en
notas musicales. Héctor Pérez utilizó la pequeña fracción que le
correspondía para darle un vuelco a nuestra historia musical, y a usted
ni siquiera le dio tiempo de cantar completa la canción por tercera vez:
sesenta años no son nada, y Lavoe se apagó (o lo apagamos) a los 47.
Publicado
por primera vez en Parroquiadentro Nro. 27.Caracas, agosto- septiembre
2006.
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