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Me gusta
hablar con Guille. Bueno, me gustaba, porque perdí
inexplicablemente esa manía de visitar a los amigos los viernes
en la tarde para charlar insustancialidades mientras tomábamos
cerveza, indolentes, ajenos a la frenética ciudad.
Con Guille es especial, no sé, talvez por su risa amplia y
destemplada, por sus historias truculentas pero interesantes o,
simplemente, porque sabe de salsa brava como nadie. Sin embargo,
ese viernes noté que su charla era distinta, parca, melancólica,
como arrastrando las frases, y
que ni siquiera las dos cervezas frías, que parecían derretirse
sobre la mesa de vidrio opaco, le alegraban las palabras. Tomaba
de su cerveza con gesto distraído y con sorbos largos. A su
espalda, el sol de las tres de la tarde tornaba incandescente el
marco de la puerta de vidrio oscuro y le daba a la desierta
discoteca un tono claroscuro que la cubría por todos sus
rincones, como una cobija de gasa gris. Para ganarle al incomodo
silencio le pregunté que qué tenía de nuevo. La pregunta tuvo el
efecto deseado, porque al instante su negra cara cambio de gesto
y le brillaron los ojos ratoniles con entusiasmo. Oiga, mijo, le
cuento, me llegó una joya de Lavoe. Y se paró al instante,
perdiéndose a mi espalda. Tomé de mi cerveza con lentitud,
dándole tiempo, mientras oía ruidos cortos desde la cabina de
sonido. Volvió con su sonrisota de siempre y, sentándose, me
tendió la carátula de cartón de un disco de 33 r.p.m. La escasa
luz no permitía ver mucho, pero se destacaba sobre el fondo
blanco la fotografía colorida de varios músicos sonrientes que
sostenían un cartel rojo entre las manos con un título en letras
amarillas y grandes que no me molesté en tratar de leer.
Miércoles, le dije, lo conseguiste. Su sonrisa se amplió al
instante y se volvió risa. Su satisfacción era evidente. Claro,
hermano, imaginate, una grabación de 1.962, sabés cuanto tenía
Lavoe en ese tiempo, como 17 años, fue antes de Pacheco… Me
contó que se lo había comprado al viejo Corquidi, el
coleccionista, pero el h.p. me pidió un platal, todavía le debo,
se lamentó a su manera, sonriendo. Te pongo algo, pa´ que lo
oigás? No esperó mi repuesta, se levantó y unos minutos después
los potentes parlantes crujieron bajo la aguja del tocadiscos y
soltaron, con el siseo lijoso característico de las grabaciones
viejas, una pachanga dura, de piano metálico y percusión
altisonante, sabrosa, en la que la voz alta y nasal de Lavoe,
inconfundible, se perdía en medio del trueno de los timbales y
la vibración profunda de las trompetas. Cuando acabó el tema,
tres minutos exactos después, el silencio se asentó sobre el
vacío local como una alfombra recién sacudida. Guille también
volvió a su puesto y escurrió la cerveza con fruición. Yo hice
lo mismo, mientras esperaba, ansioso, sus próximas palabras.
Entonces me contó lo inesperado. Que allí, en esa desvencijada
discoteca de Juanchito, que en su mejores épocas, allá por los
80, se llamaba Juan Pachanga, estuvo el mismo Lavoe, en persona,
mijo, te imaginás, tocando en unos Carnavales. Mientras me
dejaba con mil preguntas en la boca, se paró y trajo dos
cervezas más, que empezaron a escurrirse en hilos fríos sobre la
mesa. Sí, mijo, lo contrató Larry Landa, el dueño original de
esta vaina, pa´ que tocara por tres días, y lo tuvo aquí,
viviendo un poco de tiempo, vos sabías? Que va, que iba yo a
saber, pensé, pero no dije nada. Si, Lavoe vino en su mejor
época, sabés, cuando ya se había abierto de Willie Colon y
cantaba con su banda propia.

Hector Lavoe
en la discoteca JUAN PACHANGA en cali
Y mientras
hablaba, Guille miraba para todo lado, se paraba, se sentaba,
parecía un extraño maestro de ceremonia anunciando el número
principal. Esto era la locura, mijo, no cabía una aguja, era
cuando los Carnavales de Juanchito eran famosos, mas famosos que
la Feria de Cali, pa´ que sepás. Parado en la mitad de la pista
solitaria y oscura, señalaba con cierta reverencia la tarima
imaginaria donde cantaba Lavoe y después me mostraba, señalando
con su largo dedo, el pasillo a mi espalda, por donde se
filtraba la claridad lechosa de la tarde. Y el man se quedó,
sabes, después de los días en que tocó aquí, despidió a la
orquesta y se encerró en el apartamento que Larry tenia aquí
mismo, allá en el fondo donde yo duermo, todos los días con una
vieja distinta, porque le llovían, mijo, mientras el viejo Larry
le aventaba perica y trago… Hizo una pausa larga para beber de
su cerveza y después me obligó a pararme y a caminar detrás de
él hacia el fondo del local, mientras hablaba incansablemente.
Nuestros pasos se los tragaba un tapete oscuro que parecía
infinito. Guille abrió una puerta a la izquierda y prendió un
solitario bombillo de luz amarillenta, que escasamente iluminó
el baño inmenso y desvencijado, con un tocador de mármol
desportillado por todas partes, un espejo grande y manchado y el
mismo tapete rojizo que nos precedió desde la entrada. A pesar
de sus precarias condiciones, indudablemente el lugar parecía
haber sido testigo de tiempos mejores. Esto era una belleza,
mijo, era la discoteca mas lujosa y mas grande de por estos
lados, incluyendo a Cali, ahora es un cagadero… Y su risa se oyó
por todo el lugar, a su estilo. Oiga, el caso es que Lavoe se
quedó aquí como dos semanas, pero ya el viejo Larry estaba loco
con el man, no sabia que hacer con él, porque el hombre no
mostraba señas de quererse ir, así que decidió llevárselo pa´ su
casa, su casota, mejor dicho, porque tenia una casa que pa´ que
le cuento, y Héctor Lavoe se fue pa` lla y se dedicó a vivir a
sus anchas, andando en los carros de Larry, derrochando en
grande, rumbeando todas las noches, bebiendo con hembras, en
fin, imagináte vos la vaina… Sentados nuevamente Guille bebía y
hablaba, y miraba, sobre todo miraba mucho detrás mío como si de
verdad esperara que alguien entrara de un momento a otro. O a lo
mejor, pensé, eran cosas mías. Pero, sabés, el asunto no terminó
bien, con Lavoe que bien iba a terminar, porque resulta que
Larry estaba casado con una hembrota, una de las mujeres mas
lindas de su tiempo, una reina, pues, pa´ que me entendás, y
Lavoe era un mujeriego, un man al que las mujeres lo perseguían
por su fama y su carreta, me imagino, y esta vieja, la mujer de
Larry, hermano, cayó, porque el muy guevón del marido se iba a
sus negocios y a sus cosas, y los dejaba solos, te imaginás, a
Lavoe y a la mujer solos, mucho guevón, no… Y Guille se paró y
fue por dos cervezas más. Vi con preocupación que las botellas
comenzaban a arrumarse en la mesa, aunque más me preocupaba que
el negro no terminara la historia, así que empecé a despachar
rápidamente mi nueva cerveza. Oí, querés oír más musiquita? No,
bueno, si querés mas cerveza me avisás, ve, entonces te acabo de
contar, el caso es que Larry llegó cierto día de sorpresa a la
casa y, claro, encuentra a Lavoe y a su mujer encamados, en
pelota, vos sabes, y como el man no era una pera en dulce pues
los agarró a ambos a golpes, a la vieja la sacó en cueros pa la
calle y a Lavoe lo sacó a patadas y lo amenazó con un revolver
que si lo volvía a ver lo mataba, fue un escándalo el verraco,
pero esto le dio muy duro a Larry, desde allí empezó a decaer en
sus negocios, vendió esta discoteca y, según dicen, se enredó
con traquetos que le propusieron subirles merca y bajarles plata
de Nueva York, a donde el man iba a cada rato a contratar
artistas y comprar su música, hasta que lo pillaron con perica
en las maletas y lo condenaron como a 20 años de cárcel, mijo,
como te parece… Aunque las sombras del lugar parecían acentuarse
mientras avanzaba la tarde, los ojos de Guille brillaban como
ventanas al sol. A través de la puerta nos llegaban, apagados,
la risa de un niño y la voz de una mujer que, al parecer, lo
llamaba a gritos. Pero sabés que es lo mas extraño, que esos dos
manes se murieron el mismo día, sabés, porque Lavoe, unos años
después del asunto con Larry, se tiró del cuarto piso de un
hotel de Puerto Rico, no se murió pero quedó prácticamente
invalido, andaba con muletas y después en silla de ruedas,
incluso quedó mal de las cuerdas vocales, cuando volvió a Cali
el man era una piltrafa, oíste, la carrera del man se acabó, se
fue a pique, el caso, mijo, es que Larry apareció un día muerto
a batazos en su celda y ese mismo día también se supo que a
Lavoe le dio un infarto en su casa, postrado en la cama ya sin
poder moverse… Guille guardó un silencio inesperado, que me
sorprendió, e inclinando la cabeza hacia adelante, como en una
reverencia, me volvió a señalar un punto a mi espalda y me habló
con voz bajita. Se que vas a pensar que es mierda mía, pero lo
que te quería contar es que algunas noches me ha tocado
levantarme tarde a cerrar esa verraca puerta, la del pasillo que
da al apartamento donde se quedaba Héctor Lavoe, y lo he visto,
mijo, vestido de blanco, parado en esta misma pista, como si
fuera a empezar a cantar, esos han sido unos sustos los
verracos, me crees? Y me miró con fijeza, serio, esperando de
verdad que le respondiera, pero guardé silencio, luchando contra
el impulso de contestarle de cualquier manera. Algo en el tono
de su voz me decía que hablaba en serio. Preferí acabar de un
solo sorbo mi resto de cerveza, le dije que muy buena la charla
y las cervezas, pero que tenia que irme. Me paré y lo dejé allí
sentado, en silencio, otra vez con su cabeza en reverencia,
mirando hacia el pasillo. No me contestó la despedida, ni se
movió cuando abrí la puerta ni cuando la luz de la tarde entró a
borbotones en la oscura discoteca. Cerré la puerta con suavidad
y me marché. Arriba, el cielo era presidido por un sol que, aún
radiante, parecía desdeñar a los fantasmas. Aunque fuera el
fantasma del mismo Héctor Lavoe, pensé.
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