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A los 60 años de su nacimiento
En el nombre de Lavoe...
Por: Hugo
García Segura
Si su voz no se hubiese apagado en aquella noche neoyorquina de
finales de junio de 1993, Héctor Juan Pérez Martínez, aquel al
que la raza latina conoció como Héctor Lavoe, estaría cumpliendo
hoy, 30 de septiembre, 60 años. De la tragicomedia de su vida se
ha dicho casi todo y han sido muchos los que han tratado de
escudriñar en las entrañas de su pasado, alimentando el mito de
quien fuera llamado `El cantante de los cantantes'. Muchos
ignoran que un pequeño capítulo de su existencia tuvo como telón
de fondo a Cali, la de los años 70 y 80, cuando la salsa, antes
que música, era un sentimiento y Juanchito era de verdad la
sucursal del cielo.
Héctor Lavoe vivió en Cali entre octubre de 1982 y enero de
1983, poco más de tres meses que se fueron en rumba, licor y
drogas. Lo trajo César Agredo, el hijo de un trabajador de las
Empresas Municipales que se convirtió en empresario de artistas
gracias a `traquetear' cocaína, terminó sus días sepultado en
una cárcel de Estados Unidos y se hizo famoso con el seudónimo
de Larry Landa.

Hector Lavoe
en la discoteca JUAN PACHANGA en cali
Se podría decir que lo de Lavoe y Cali fue amor a primera vista.
Vino inicialmente en el 77, con la orquesta de su hermano del
alma, Willie Colón, y desde entonces regresó cada año, ya sea
con su propia agrupación o con las Estrellas de Fania. Pablo del
Valle, cronista y melómano, recuerda haberlo visto el 29 de
diciembre de 1980 sentado en una banca del parque del barrio
Obrero, fumándose un cigarrillo. En ese entonces ya transitaba
por el camino de las drogas rumbo al abismo.
Landa lo presintió y en 1982 le propuso venir a Cali para
desintoxicarse. Sin quererlo, lo trajo a la boca del lobo. Lo
alojó en un apartamento frente al Hotel Aristi, que compartió
con Alfredo de la Fe , el violinista, y Jairo Sánchez, productor
y director de televisión, quienes se convirtieron en sus
compañeros inseparables de rumba. Juan Pachanga, el grill que
montó Landa en Juanchito, fue el escenario para exorcizar sus
penas y entregarse a su gente, contando, eso sí, cual niño
mimado, con orquesta propia, la Juan Pachanga Charanga, dirigida
por Alejandro Longa, Pichirilo, el timbalero que en 1988 fundó
la agrupación Los Niches, disidencia del Grupo Niche de Jairo
Varela.
"Héctor era muy depresivo y llorón. No le interesaba saber qué
día era ni qué mes ni qué año. Se podía sentar tres horas en una
silla a tararear canciones, después de que tuviera su vicio. En
esos meses que vivimos juntos nunca vimos un programa de
televisión. Su mundo estaba centrado en dos cosas: cantar todo
el tiempo y meter droga", recuerda hoy Jairo Sánchez,
convencido, sin embargo, de que siempre fue un hombre feliz y
que vino al mundo a hacer eso: cantarle a la vida de risas y
penas y morir en el abandono. "No tenía otra opción, ese era su
destino", agrega.
Anécdotas hay muchas. Una vez, en una tarima montada frente a lo
que hoy es el Centro Administrativo Municipal de Cali, se le
olvidó la letra de El cantante, su canción insignia. "Entonces
comenzó a improvisar, se quitó la camisa, botó los zapatos, duró
como una hora improvisando y nunca pudo retornar a la letra
original", cuenta Sánchez, quien tampoco ha olvidado el día que
a la salida de Juan Pachanga le quiso quemar el carro a Landa
tirándole fósforos, todo porque no le dio más `perico'; o el
concierto que compartió con Ismael Rivera y Piper Pimienta Díaz
en el coliseo El Pueblo, al que sólo asistieron unas 200
personas, al final privilegiadas con un espectáculo inolvidable:
Píper, Maelo y Lavoe cantando a coro Las caleñas son como las
flores, El incomprendido y Periódico de ayer.
Ese día, su esposa, Nilda Román, conocida como Puchy, quien
había venido de Nueva York a visitarlo, salió a bailar con
alguien. Lavoe los vio desde la tarima, "fijó su mirada en el
tipo y le coreó: `caliéntala tú, que ahora me la llevo yo', y
comenzó a improvisar con ese estribillo durante más de dos horas
seguidas".
Por cierto, hablando de mujeres, eso de que se la pasaba con una
y con otra no es más que un relato de ficción. "Era
extremadamente tímido —recuerda Alberto Echeverri, otro de sus
compañeros de farra y a quien el mismo Landa le encargó
cuidarlo—, nunca lo vi bailando ni le conocí una novia. No era
de esos que andaban persiguiendo mujeres. Lo que sí le encantaba
era ir a Buenaventura y cada que podía se escapaba para allá, a
fumar marihuana en la playa viendo la puesta del sol".
Édgar Hernán Arce, locutor y presentador caleño, conoció a Lavoe
en los primeros carnavales de Juanchito de la historia. "Era
flaco, lánguido, desgarbado, con unas gafas inmensas, cara de
niño y siempre riendo. Daba la impresión de que sólo buscaba que
el tiempo pasara para que su vida se fuera apagando poco a
poco".
Nunca le gustó manejar plata. Lo que se ganaba se lo daba a sus
amigos para que se encargaran de los gastos. No le importaba si
cortaban el teléfono, el agua o la luz. "¿Comida? Alguien tenía
que traerla", dice Jairo Sánchez, quien seguidamente derriba
otro mito: el que además de Willie Colón, Rubén Blades fue su
gran amigo. "Mentira. Le caía mal y decía que era un mamerto y
se las daba de intelectual". Mencionaba también que Rubén vivía
dolido y celoso porque Johnny Pacheco le había dado a él El
cantante, a pesar de ser el panameño su compositor.
A mediados de enero del 83, Lavoe se fue a Nueva York, pero
siempre regresó a Cali, visitas que se fueron convirtiendo en
pesadillas para sus promotores. Ya había sido bautizado como `El
rey de la puntualidad', aunque su voz seguía intacta, quizás
curada por la sabiduría que se gana en el camino de los excesos.
"Jairo, el que canta dice mucho y sufre poco", me dijo una vez,
cuenta Sánchez, quien llegó a recibir varias cartas de Lavoe,
escritas desde el hospital de Nueva York donde esperó impaciente
el avance del sida para abrazarse con la muerte, el 29 de junio
de 1993. Desde ese entonces se convirtió en leyenda y en ídolo
latinoamericano. Una estrella del barrio desde siempre y para
siempre, el símbolo de la salsa, con sus virtudes y sus
carencias, con su sabrosura y su dolor.
Willie Colón lo describió así en el diario La Prensa de Puerto
Rico: "Graduado de la Universidad del Refraneo con altos
honores. Miembro del Gran Círculo de los Soneros de los Soneros,
poeta de la calle, maleante honorario, héroe y mártir de las
guerras cuchifriteras, donde batalló valientemente por
muchísimos años".
Este articulo fue
publicado pro primera vez en el diario
El Espectador,
Bogotá (octubre 1 de 2006)
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