No me den
candela
no me miren mal
no me prendan velas
no me tiren sal
Héctor
Lavoe mientras "hace un trabajo"
con Willie Colón en la carátula del disco
Por:
Carlos Alberto Giraldo M.
¡Lo tuyo
llegará!, canta la Orquesta de los Hermanos Lebrón a los clientes reunidos
en el local. La música, apuntalada por el tono rudo de un par de trompetas,
aunque inspirada en calles y personas lejanas, simpatiza con los muchachos
sentados en las mesas del establecimiento.
Se
produce, mediado por la salsa, un repentino encuentro de mentalidades y
sucesos urbanos. Conversan imaginariamente la Nueva York de la década del
setenta, habitual puerto de inmigrantes latinos, y la Medellín de hoy, en
exceso violentada, entre otras cosas, por lustros de indiferencia estatal y
narcotráfico.
Sucede
una extraña fusión de sueños y frustraciones. Los pitazos de bronce que
sueltan los bafles del bar reproducen los ruidos callejeros de Brooklyn y el
improvisado coro que forma la cofradía al seguir la letra de la canción se
hunde en la noche de la Carrera Palacé, en pleno centro de la capital de
Antioquia.
Es una
imagen multiplicada y familiar de este valle, acordonado por montañas y
lejano del mar -¿puerto seco?-, donde los ritmos del Caribe han ganado
preeminencia como parte de Ias manifestaciones culturales urbanas.
Y, ¿de
dónde tanto repique de tambor, si hasta hace unos años reinaban los
bandoneones y Gardel era el morocho querido de los barrios -que todavía lo
es-? ¿A qué horas se impusieron el vivir del tumbao y la rumba
afroantillanos?
¿Qué
hechos de nuestra experiencia ciudadana facilitaron que el número de
seguidores de la salsa vaya en ascenso? ¿Cómo logró una "música de negros y
malevos" penetrar con los anos la resistencia a los cambios de esta sociedad
mestiza aferrada a la idea de una pujanza y una industria mitológicas?
No se
escuchan respuestas acabadas a tales interrogantes, pero se intuyen, se
infieren causas, sucesos que muestran posibles rutas de investigación que
dan forma, a partir del desarrollo de un estudio detallado apenas sugerido
en este texto, a posibles tesis sobre por qué la salsa ha cautivado al
público de Medellín.
Hay un
accionar urbano que revela la creciente ampliación del fenómeno salsa en
Medellín y sobre eso ya es posible –hacer iniciales anotaciones. Estas
líneas son parte del bochinche conceptual que sobre el tema ha tardado en
arrancar.
RECUERDOS DE ARCAÑO
Hasta
antes de comenzar la década de los ochenta, la salsa en Medellín mantuvo el
perfil agrio y marginal moldeado por el barrio latino en Nueva York;
reprodujo la característica turbulencia en medio de la cual se había
"criado" como expresión musical urbana.
Este
matiz se veía reforzado también por el juicio estigmatizante que las clases
medias y altas de la ciudad han hecho siempre de la música surgida de
fenómenos culturales populares. La salsa, igual que el tango en su arribo a
esta tierra, constituía un desafuero contra las conservadoras costumbres,
alentadas por el ambiente católico y recatado de la creciente e
industrializada Villa de La Candelaria.
Tal forma
de incorporación a las prácticas ciudadanas, la etiqueta lumpesca que
exhibía esta música, ocasionó que los establecimientos salseros ostentaran
la condición de bares de segunda y estuvieran ubicados en lugares donde muy
cerca los delincuentes, las prostitutas y los maricas remaban las esquinas
cubiertos por la bruma salida de cigarrillos de tabaco y marihuana.
La
carrera Palacé, entre las calles Amador y Maturín, y la carrera Bolívar,
entre las calles Zea y La Paz, representaban los principales escenarios del
sonido caribeño en Medellín. El Aristi. Brisas de Costa Rica y Carruseles y
La Bahía, El Oro de Munich y El Suave, eran anónimos fortines de rumba para
cientos de obreros cansados, decenas de malevos y algunos universitarios y
profesionales enrolados en la vanguardia intelectual y bohemia de la década
del 70.
Esto
también sucedía, en parte, porque en esta capital, desde los años cincuenta,
hubo una notoria afición por el canto caribe, en especial por aquellas
sabrosas interpretaciones de la Sonora Matancera y los infaltables
boleristas que hicieron época recorriendo con el tango los bares y cantinas
de Guayaquil y la carrera Bolívar. Aún sobreviven en la ciudad el club de
amigos de la conocida agrupación dirigida por don Rogelio Martínez y el
programa una Hora con los Solistas de la Sonora Matancera, locutado por
Orlando Patino en la emisora Latina Estéreo. Pero esos antecedentes son
capítulo aparte dentro de un texto más amplio y orgánico sobre el asunto del
ritmo, tambó y flores en la ciudad.
Medellín
era territorio de una tranquilidad aceptable en el cual algunos jóvenes
protagonizaban enfrentamientos a pedradas con la Policía en acalorados paros
estudiantiles de liceos y universidades públicos. En otros campos de la vida
cotidiana se sentía la inconformidad de los habitantes de ciertos sectores
marginados debido a la inasistencia estatal y, de otro lado, no faltaban las
movidas sesiones de puñaleta entre los camajanes de los arrabales. Al
tiempo, las laderas de la periferia citadina adquirían los rasgos de una
urbanización urgente y desordenada. Sin embargo, en las espaldas de casi
nadie pesaba la carga de violencia ilimitada que luego activó el
narcotráfico.
Bajo ese
horizonte, los amantes de la salsa y los melómanos que la saboreaban
asistían a pequeños locales donde el ruido salsero competía con el bullicio
del centro de la ciudad. Las melodías acompasaban tragos de aguardiente,
cerveza y ron, mientras la clientela navegaba por el imaginario de la ciudad
embarcada en las notas y letras de una música que conjugaba la ancestral
tradición instrumental afroantillana y los sonidos y sucesos de la vida
urbana.
Las
canciones describían los espacios y momentos más significativos de la
cotidianidad de la población del Caribe y de aquella comunidad diversa que
la inmigración de miles de latinos formó con el paso de los años en los
barrios marginados de los principales centros urbanos de los Estados Unidos,
especialmente Nueva York y Miami, en la Costa Este.
Eran
tonadas de barrio haladas por una instrumentación atractiva, mezcla de
sonidos rurales y urbanos, mediante la cual el goce terminaba por subvertir
al dolor y al desarraigo mientras retrataba la violencia y la alegría de las
esquinas, las verbenas, los callejones y las solemnidades de los sectores
habitualmente discriminados de la Gran Manzana y de otras enormes ciudades
de América Latina. Se trataba -y se trata- de la liberación del homo ludens
en sabrosas congregaciones que ocurrían tanto en las agitadas avenidas
norteamericanas como en las calles del relajado corazón de Medellín.
Pero si
bien la capital de Antioquia y sus municipios próximos habían tomado la
serpenteante ruta del devenir urbano, los grandes conflictos citadinos
apenas se incubaban y la rumba de esta parroquia derivaba más del arrojo por
gozar de los noctámbulos que de la marcada necesidad de sedar sus dolores
urbanos.
Es
evidente que la salsa narraba las particulares contradicciones sociales,
económicas y culturales del mundo de la ciudad, pero tal vez Medellín no
vivía, o al menos no reflejaba, los agudos conflictos urbanos ya
escenificados en otras capitales del continente con mayor intensidad.
Sumado a
esto se notaba entonces que los salseros hacían parte de un reducido grupo
de ciudadanos aún disperso entre los establecimientos públicos y ajeno a
otros rituales (conciertos, conferencias, cine, audiciones, reuniones
callejeras convocadas en torno a la música, emisoras o programaciones
radiales amplias sobre el tema) que dieran forma y fuerza a una afición
-incipiente expresión cultural- con la vitalidad suficiente para resaltar y
merecer el reconocimiento entre el resto de la comunidad urbana.
La salsa
en Medellín, aunque identificó para el público de los 70 "lugares
universales" de la cotidianidad ciudadana, no era por ello parte esencial de
la identidad de sector alguno de la población. El conocimiento de esa
expresión musical y la forma casi oculta como ciertos ciudadanos se la
apropiaron dependió en esa época de una frágil estructura de difusión y
consumo. Los ritmos afroantillanos permanecieron encerrados en las
colecciones musicales de unos pocos, apenas dieron los pasos de los
bailarínes y clientes de los bares y fueron presentados por la insuficiente
programación salsera filtrada los fines de semana en la amplitud modulada
del dial.
DE NUEVA
YORK A MEDELLÍN
Dentro
del análisis planteado por este texto, es conveniente citar aquella
apreciación sociológica según la cual la mayor parte de las concentraciones
urbanas del mundo experimentan un proceso de formación y consolidación de la
vida cultural, económica y social, similar al de las grandes capitales del
mundo, valga mencionar: Nueva York, Londres, París. Los Ángeles y Ciudad de
México.
Aunque
cada territorio citadino afronta un desarrollo determinado por sus
independientes condiciones históricas y materiales, se descubren hechos que
son constantes y propios del crecimiento de las ciudades: inmigraciones,
marginalidad, lucha por el espacio y cambios de uso del mismo, choques e
hibridaciones culturales, nuevas simbologías y rituales urbanos.
Tal vez
-y este puede ser un punto de partida- Medellín comenzó a experimentar,
quince años atrás, esos cambios profundos, caóticos e imprevisibles
generados por la marcha urbana. Mutaciones que aunque guardan
particularidades se asemejan por su conflictividad a las de la Nueva York de
los setenta; la llegada masiva de personas procedentes de pequeños poblados
y del campo, la crisis de la administración estatal frente a la inusitada
demanda de vivienda y de servicios públicos, el asentamiento desordenado de
nuevas capas de pobladores, el narcotráfico, los choques y las
discriminaciones sociales y culturales, entre otros sucesos.
Ello
propició que surgieran, con matices propios, "enredos" en las historias
personales, familiares y comunitarias de la población más afectada. Cambios
de los cuales eran partícipes los marginados en las zonas deprimidas;
desarraigo, pobreza, incomprensión, anonimato, desempleo y drogadicción;
características ligadas al accionar de quienes habitan los barrios populares
en cualquier ciudad.
Por ello
el incondicional recibo de la salsa en éste que es un puerto urbano más. El
terreno estaba abonado para que los miles de discos grabados a 4.500
kilómetros cruzando el Atlántico fuesen adoptados como un patrimonio propio
de la gente que camina las calles de Medellín.
LEBRON BROTHERS EN
MEDELLIN, AGOSTO DE 2007
EN LA
TIERRA "COLORÁ"
"La salsa
nació en Nueva York. Para ser más precisos, en los barrios bajos de Nueva
York. La salsa es un producto social de los latinos que habitan esta ciudad
llamada La jungla de cemento. Es un producto musical derivado del son y de
otros ritmos antillanos, pero que al llegar a la gran ciudad y padecer todos
los problemas que trae consigo el desarraigo, adquiere su carácter violento
y su posición agresiva. (...) Como dice acertadamente César Miguel Rondón:
Esto crea una situación por demás angustiante, un desarraigo feroz que tan
sólo ha sido enfrentado por los predios de la música. Y por ello es la
música, precisamente, ¡a que ha logrado convertirse en bastión de una
identidad que no perece por más de la transculturización y de la
marginalidad social.(...) Nueva York es una ciudad demencial, atiborrada de
violéntela y pictórica en situaciones criminales- El robo, el atraco, la
violación, el crimen y hasta el genocidio son hechos rutinarios, Nueva York
es una ciudad de seres anónimos, indiferentes y deshumanizados. Es la ciudad
del anacoreta, de la fraternidad de los libertarios, de la conjura de los
justicieros, de la banda de ladrones,,de la conspiración de los iguales y de
la Sociedad de los Amigos del Crimen de que habla Octavio Paz. Nueva York es
la flor y nata de la violencia urbana, y la salsa, como habitante de sus
barrios bajos, es la violencia neoyorkina hecha canción". (1)
Es sabido
que Medellín se convirtió a pasos de gigante en la ciudad más violenta de
Colombia y tal vez de América. Bastó una década, esencialmente la de los
ochenta, para que este gran vecindario quedara sumido en una guerra
indiscriminada e intensa que marcó la vida comunitaria y ocasionó el
surgimiento de comportamientos mucho más agresivos de la gente frente a los
peligros, los riesgos y los retos sociales que implica la existencia en
medio de las convulsionadas rutinas urbanas del Valle del Aburra.
Numerosas
barras de jóvenes terminaron convertidas en bandas delincuenciales, en los
barrios de las laderas grupos de sicarios y agentes "paramilitares" externos
hicieron de la vida un valor pasajero. Se acentuó el desarraigo citadme,
parcelado en territorios, y se afianzó una radical postura autoritaria, de
justicias privadas y descontroladas, entre los pobladores de uno y otro
lugar.
Igualmente, la respuesta represiva del Estado y la falta de acciones
administrativas contundentes para frenar el hambre, la desesperanza, la
ignorancia y otras plagas multiplicadas por la falta de un gobierno
eficiente, motivaron el accionar virulento de los distintos actores.
Entonces, en las estadísticas de criminalidad Medellín se puso a la par con
Nueva York y el temor y el terror se engendraron con ingenio y desmesura.
Un marco
de violencia cercó a este valle y lo hizo ver, contra el dolor y el repudio
de los desgraciados, como pintura sangrienta. Por ello es inevitable que la
ciudad haya fabricado a su manera el problema de la violencia, regado hoy
como mancha de aceite por las grandes urbes del continente.
Y ese
dolor, en la dimensión del afecto, de las historias de vida, de la angustia
familiar y barrial, tiene en la salsa una expresiva puesta en escena, una
picante narración que al tiempo que dice las rabias y las frustraciones las
transforma en pieza gozosa. La salsa se convirtió en salvavidas para
intentar reír frente a una convivencia encallada y aventurada a naufragar
con frecuencia en las calles de esta vílla-tragedia. En el canto preventivo
de Rubén Blades se resume lo que ha pasado:
Cuidado
en el barrio
cuidado en la acera
cuidado en la calle
cuidado donde quiera
…que te andan buscando
Muchos
ciudadanos de Medellín, en especial aquellos instalados en el cinturón de
miseria que rodea la parte llana del Valle del Aburra, asumen que cada día
se levantan a poner la cara a una lucha feroz. Salen de casa a pisar calles
donde tal vez tropezarán con un grupo de bandiditos que los va a asaltar...
o a eliminar. Es posible que en otro momento los aborden los agentes de
seguridad para exigirles su cartón de identidad. O tal vez no pase nada y
haya oportunidad de superar la jornada para volver a alucinar los
encuentros, desde la misma cama, como de costumbre.
Se
emprende la marcha, también, en busca del sustento para asegurar la
sobrevivencia en una ciudad en la cual tener un empleo digno y estable es
motivo de alarde. Porque, al igual que Nueva York, Medellín es urbe de
industria creciente y voraz, dispuesta a tragar -o vomitar- una obrería
necesitada y urgida de recursos: es la tragedia de la gran mano de obra
barata que, sumida en su variopinta crisis, encuentra en la salsa una
reivindicación, un grito de dolor que no molesta; simpática tonada que
cuenta a ritmo de bongó el asedio de la desesperanza y la expectativa de la
redención económica y el reconocimiento social.
CANTAR EL
TORMENTO
En medio
de la brega de la gente para aguantar la cabalgata con la ciudad a las
espaldas, la salsa se ha hecho palabra. Esta música, que narra los estados
de ánimo motivados por las condiciones materiales y espirituales de
existencia de los desarraigados, los marginados, los pobres, se ha tornado
recurrente forma de comunicación urbana en Medellín. Los temas salseros
recrean las situaciones del barrio pobre y del resto de un imaginario de
violencia que son las calles de hoy para la ciudadanía.
La
gozonería ha potenciado la exaltación de la condición humana del hombre de
esta ciudad. Así la salsa permitió que un significativo número de pobladores
de Medellín sintiera, y en el mejor de los casos interpretara, las
circunstancias urbanas en que se desenvolvía.
Lo que
pudo permanecer en la memoria del colectivo como mera anécdota se transformó
en un mensaje lleno de sentido, porque el sonido del Caribe ha dinamitado la
conciencia de la realidad y ha facilitado la reanimación de la misma en
favor del fortalecimiento de la identidad y de nuevas apropiaciones
culturales urbanas. Hay una comprensión del ser urbano desde la depresiva,
valiente y esperanzadora obra que la salsa pinta: criminalidad, vicio,
desempleo, desarraigo, resistencias, logros, emancipaciones y alegría.
En medio
del canto heredado de Nueva York, y de algunas ciudades latinas, se liberan
la cadencia y el ritmo propios de las formas de expresión que han venido
constituyendo los muchachos de los barrios populares. A partir del ambiente
de rumba que moldea y vivifica el lenguaje salsoso surge también una postura
frente al otro y la ciudad: imaginaria o realmente, aquel es socio o
contrario de anonimato y en ella se sucumbe y se disputa todo.
Buena
parte del público salsero en Medellín refleja la inseguridad del poblador
que de manera reciente se ha incorporado, tras las inmigraciones que cruzan
historias familiares y comunitarias, a la dinámica urbana. Y la rumba, el
ruido del Caribe, habilita el desarrollo de un aprendizaje urbano que además
se da sobre la marcha. La música está en la mitad de esa relación: recoge la
experiencia y la presenta también como forma de conocimiento, es una
pequeña-honda re flexión cantada de lo vivido.
Los
muchachos de nuestras calles se preguntan por ellos mismos. La salsa los
reúne con las nostalgias que Medellín les ha enseñado. Se trata de una
reafirmación y una exploración de las imágenes que la calle deja en su
interior, la fabricación paulatina de ideas que motiva estar en medio del
turbulento accionar de los barrios populares. La salsa desprende cierto aire
que despierta a los chicos en su urgencia, pero es igualmente una respuesta
en términos de poder, de dominio de un espacio y de un ritmo vitales, propia
de nuestros sectores más desprotegidos. Es que "esa calle tanto los
determina como ellos se las inventan". (2)
El goce
de esta expresión musical se ha integrado a una práctica existencial. a las
situaciones que caracterizan la vida contemporánea de Medellín. Un fenómeno
que ha entrado a hacer parte de la vida de la ciudad y que no sólo es
comercial ni musical, sino fundamentalmente cultural. La música de Nueva
York sopla los lamentos de "ese allí" ahora arremolinado en mitad del Valle
del Aburra.
RADIO
BEMBA
En
octubre de 1985 el número de emisoras de la Frecuencia Modulada de radios,
grabadoras y equipos de sonido de los medellinenses se amplió. Una estación
que apenas hacía emisiones de prueba comenzó a radiar salsa. Los seguidores
de esta expresión musical en la ciudad permanecieron expectantes.
Pese a
las iniciales limitaciones para garantizar un sonido limpio y vigoroso la
onda se regó con rapidez. Ningún salsero podía creer que en el estilizado y
norteamerícanizado ambiente musical del F.M. hubiese aparecido una señal
que, durante las 24 horas, dejaba escuchar, con una nitidez que mejoraba al
pasar las semanas, la diversidad de los sonidos del Caribe urbano, en
especial los que tenían origen en la distante Nueva York.
Durante
varios años los salseros de la ciudad esperaron las jornadas sabatinas para
recibir la señal de los programas salsosos que mediante las emisoras básicas
de las principales cadenas radiales dirigían, en transmisión nacional desde
Cali, Barranquilla y Bogotá, personajes como Miguel Ángel Álvarez, Ley
Martín y Jaime Ortiz Alvear.
Estaban
también en la mente de los oyentes los programas locales en Radio El Sol y
Radio Metropolitana animados, entre otros, por el veterano y malgeniado
locutor Ornar Hernández Bernal, quien acostumbraba soltar al aire algunos
regaños a aquellos escuchas que no atinaban a contar con precisión los
detalles farandulescos que sobre las orquestas y cantantes él conocía de
memoria.
Despegaba, además, el aporte consistente pero casi incógnito de El Goce
Pagano, espacio salsero que hasta hoy sobrevive en la Emisora Cultural
Universidad de Antioquia, orientado por Manuel José Sisquiarco, quien al
igual que unos contados locutores ha imprimido interés didáctico a la
radiodifusión de los géneros musicales del Caribe, en especial lo referido
al caso-salsa.
Latina
Estéreo, ubicada en el 100.1 del dial -más tarde trasladada al 100.9, tras
una reorganización adelantada por el Ministerio de Comunicaciones ante el
aumento de estaciones-, constituyó un inesperado refuerzo al auge y
propagación del fenómeno salsa en Medellín.
Como
medio masivo de comunicación, puso al alcance de la barriada de la ciudad,
en especial la de los sectores populares, una serie de cantantes y
agrupaciones que relataban con sabrosura las experiencias vitales de la
comunidad latina en Nueva York.
"El
sonido de las palmeras" -este el lema inicial que promocionaba a la emisora-
se articuló a las prácticas cotidianas de los muchachos de los barrios y
propició que muchos de ellos, parados en las esquinas o tendidos sobre las
planchas de cemento desde las que se domina el paisaje urbano local, gozaran
los conciertos de super-orquestas como Fania y Puerto Rico All Stars y, al
tiempo, fantasearan con las avenidas y suburbios del acelere neoyorkino.
Los
chicos, que en sus calles veían crecer la agriedad, se enteraron de las
anécdotas imbuidas de marginalidad que protagonizaban miles de
latinoamericanos en la Gran Manzana. Se hizo inevitable que surgiera una
identidad con ei mensaje de los temas: luchas, angustias, sueños y violencia
a ritmo de bongó y pitazos de trombones y trompetas.
Latina,
para los menos pudientes, convirtió el disfrute de la salsa en algo
sencillo... y barato. No había que jugársela ni gastar el flaco pecunio
personal en esos agujeros del centro llenos de "ratones y gatos",
depredadores y presas, de intelectuales desinhibidos y pillitos sin cartel,
en donde hacían eco toda la percusión y la metalería caribes. La
emisora-salsa fortaleció gratis el patrimonio callejero.
En medio
del afortunado acontecimiento, la audiencia se conectó con los mensajes
producidos por las orquestas de salsa hacia finales de la década del 60 y
del éxito comercial que en los setenta caracterizó a esta expresión musical.
Es decir, se dio un hecho particular: los oyentes, sobre todo aquellos que
se iniciaban en el conocimiento de esta música, recibieron como nuevas –a
modo de hits- interpretaciones de vieja data que mostraban la hostilidad y
la urgencia de los inmigrantes latinos en Norteamérica. Esas canciones,
entonces, se fundieron en el violento capítulo que comenzaba a escribirse en
la historia de Medellín.
La
estación, hoy una de las reinas en la banda local de Frecuencia Modulada,
permitió que una generación de jóvenes, que manejaba difusos conceptos sobre
la salsa y la disfrutaba en las reuniones del barrio, en las cuales no
faltaban algunos discos de Fruko y sus Tesos y de Ricardo Ray o que la
gozaba gracias a las intermitentes descargas sabatinas de la radio, entrara
de lleno en el consumo y en el goce de la amplia discoteca apostada en los
estudios de Latina Estéreo.
Julio
Ernesto Estrada, Fruko, referencia de la salsa en Medellín
En la
mente de muchos chicos se conservaba la imagen de los míticos camajanes y
malevos -viejos cañeros- de la cuadra y del barrio que desde los setenta
escuchaban a El Preso y Sonido Bestial bajo una estela de humo turbio, al
tiempo que fanfarroneaban con sus historias de pillaje y trasnocho. El
rápido éxito y reconocimiento de la estación puso en evidencia que un
público potencial de ese ruido caribeño dormito por años a la espera del
gran suceso: una estación de radio para oír sólo salsa. ¡Y en F.M.!
De otro
lado, la ciudad en su estallido urbano se endurecía y violentaba y por ello
la salsa decía más verdades, más cosas que gustaban en el nuevayorcito a lo
paisa que crecía vertiginoso.
La
emisora, que sólo dispuso de locutores permanentes hasta el inicio de la
década del 90 y surgió sin marcados criterios comerciales, pues las pautas
publicitarias fueron mínimas durante sus tres primeros años de
funcionamiento, careció igualmente de programas que llevaran a cabo una
labor educativa o informativa frente a la música radiada. Latina, desde el
comienzo, presentó a la audiencia la interminable lista de agrupaciones que
recorrieron las calles y escenarios del Caribe urbano sin las habituales
interrupciones para promover productos y servicios y sin voces fijas que
anunciasen temas o espacios radiales.
El paso
del tiempo en medio del incansable bombardeo masivo de sonidos salsosos, la
aparición de programas en los cuales hubo cabida para las sugerencias y
saludos de la audiencia de los barrios y la incorporación de locutores que
reprodujeron algo de la jerga callejera y juvenil actual, fueron hechos que
convirtieron a Latina en uno de los nervios centrales del organismo cultural
que ahora parece fecundar la salsa en la vida urbana de Medellín y de buena
parte del Valle del Aburra. "Entre la música y el lenguaje del argot popular
sé abre y se cierra el circuito de la identificación". (3)
Se puede
anotar, como dato que confirma el definitivo multiplicador del fenómeno en
que se convirtió la emisora, el permanente interés que muestran las grandes
cadenas radiales del país por comprarla e incorporarla a su vigoroso aparato
comercial y publicitario y, por ende, el afán de aprovechar la música salsa,
entre el público de Medellín, como rentabilísima mercancía cultural.
Entre los
inesperados efectos producidos por la emisión diaria e ininterrumpida de
salsa en la mencionada estación, es posible señalar su incrustación en los
hábitos perceptuales de algunos actores sociales tradicionalmente
distanciados, por prejuicios de clase, del disfrute de expresiones musicales
de corte popular.
La
cumplida rumba de Latina, sumada al auge reciente de letras, voces y
ejecuciones instrumentales menos aguerridas y agresivas, como en el caso de
la Ilamada salsa-cama -pegajosa y etérea como los perfumes y los sueños
vendidos por el disurso-sq publicitario- franqueó la resistencia de sectores
económicos medios y altos de la población.
Aunque no
deja de ser preferencial paliativo para la angustia de los más pobres, el
canto del Caribe urbano tiene hoy mayor receptividad por parte de un público
que en apariencia era ajeno a la gozadera de los tambores. Así Latina
Estéreo, además de difusora, también ha tenido mucho que ver con aquello del
mercado del gusto, de la industria cultural.
Si bien
en la programación general de la emisora y en las solicitudes de los oyentes
se reconoce una preferencial afinidad por las letras y los sonidos duros e
incisivos, surgidos de la marginalidad y las luchas latinas de los setenta,
no se escapa a veces de la imposición de la bebería que cantan, casi con la
hombría empeñada, los "niños bonitos" que representan a una generación
atrapada por las trampas de las transnacionales del disco. Es la erección de
la moda cosmopolitan, acosada por adorar las formas y tan impotente para
honrar la sexualidad con una poética menos estereotipada del lecho.
"La salsa
alimentó una de las épocas más enérgicas y jubilosas del Caribe. Hace ya un
decenio que asistimos a un deterioro imparable -con muy honrosas
excepciones- donde predomina una fusión amorfa y desnaturalizada, bautizada
salsa erótica. Esta fue la oportunidad que aprovecharon el merengue y
algunas modas (lambada, rap, meneito, etc.), para disputarle el favor de la
comunidad afrolatina y desplazar sin mucho tropiezo la salsa original. (...)
La pornosalsa ha roto una tradición musical respetable, sin hacer aporte
alguno. Es una interrupción castradora, simplemente una contrarrevolución
musical. (...) Se ha entrado de lleno en el comodismo de una salsa
domesticada que ya no causa sobresaltos ni a la música de sobremesa ni al
poder nacional o internacional", (4)
VENEZUELA: RUTA DEL DISCO
El
impacto de la difusión masiva y continua de la salsa en la radio reforzó
otros hechos que hasta hace algo menos de diez años no parecían tener
relevancia como elementos constitutivos del fenómeno salsa en Medellín.
Era común
que los coleccionistas de la ciudad hicieran esfuerzos y maromas constantes
por adquirir los discos de las orquestas más famosas que interpretaban
ritmos afroantillanos durante el boom comercial que hacia finales de los
sesenta y a partir de los setenta rodeó al ambiente musical del Caribe
urbano, en especial en el escenario neoyorkino.
El viaje
de los propietarios de las discotecas salseras más completas hacia otras
ciudades del país como Cali o Barranquilla resultaba un acontecimiento que
merecía la atención de los demás amantes del ruido antillano. A su regreso,
el viajero podía traer consigo "joyas discográficas" hasta el momento
consideradas escasas, de imposible consecución o, incluso, desconocidas.
El
mercado nacional del disco, con deficiente sonido y sin conservar los
diseños originales de las carátulas, apenas reproducía aquellos elepés que,
bajo el subjetivo criterio de locutores y programadores radiales, alcanzaban
a convertirse en éxitos. La salsa no era para las compañías criollas un
leitmotiv que llamara la atención del público e hiciera crecer
significativamente las ventas.
Cuando
Latina Estéreo puso al aire canciones y orquestas desconocidas por la
audiencia -incluso por muchos coleccionistas de vieja data- creció el
interés por adquirir aquellas piezas de novedosa sabrosura. La demanda de
discos aumentó, pero el mercado colombiano no llenaba las expectativas.
Los más
duchos sabían de la existencia en Caracas, Venezuela, de la empresa llamada
el Palacio de la Música. Quienes tenían algún nexo o contacto con habitantes
de la vecina República adquirían pastas fabricadas allí, las cuales
mostraban notorias ventajas sobre las prensadas en el país:
Las
carátulas, en su mayoría, eran reproducciones exactas de los originales y el
sonido ofrecía buena calidad. Además, el Palacio tenia los discos que muchos
jamás habían imaginado ver juntos sobre la misma estantería.
Entre
tanto, algunas personas veían crecer sus discotecas gracias a que algún
pariente o amigo residía en los Estados Unidos y podía hacerle llegar los
últimos números de los incontables sellos discográficos que recogían la
producción de las orquestas de salsa.
Esa
conexión directa con Nueva York y Miami creció debido al auge del negocio
del narcotráfico en Medellín. Cientos de personas criadas al son de la
música Caribe en los barrios populares de esta ciudad viajaron al norte a
probar suerte cargadas con droga y allí, casi siempre después de burlar a
las autoridades estadounidenses, resultó inevitable que se vieran tentadas a
comprar los discos en paste americana de los ídolos de la comunidad latina.
Eran adquisiciones para el goce propio o el de las personas más cercanas que
aguardaban el regreso triunfal de sus socios de sangre y calle. Con el
tiempo, incluso, el emergente encuentro entre medalla y los yores derivó en
la aparición de nuevas tabernas salseras en Medellín.
Mientras
el número de compradores de discos crecía, no faltaron entonces los
comerciantes paisas que arriesgaran viajar hasta Venezuela para traer
grandes volúmenes de pastas que entraban de contrabando por la línea
fronteriza con Cúcuta. Así se estableció un mercado que los salseros
ubicaron y poco a poco vigorizaron llevados por la fiebre de salsa que
empezaba a calentar la ciudad.
Los
puestos de venta se instalaron en las jardineras centrales del Pasaje de La
Bastilla, entre la Avenida La Playa y la Calle Colombia, en pleno centro de
Medellín. Los discos eran apostados en cajas de cartón y permanecían a la
vista de los transeúntes, incluso de algunos agentes de la Policía que
"comieron callados" su porción de esa ensalada de cueros.
Los
coleccionistas de vieja data pronto pudieron adquirir piezas que por mucho
tiempo consideraron inalcanzables mientras que los novicios del ritmo
dejaron allí un porcentaje importante de sus ingresos. El negocio creció y
hace poco tiempo las incomodidades, el asedio de las autoridades y el
vertiginoso ascenso de las ventas sacaron el ruido de los modestos
aparadores y le abrieron campo en un centro comercial cercano.
Entre
tanto, el impacto de esta furtiva conexión con el Palacio de la Música, así
como el crecimiento de la audiencia salsera, ocasionó que en los últimos
ocho años las disqueras locales se dedicaran a reeditar longplays que antes
no tuvieron importancia capital dentro de las ventas y, afanadas, a adquirir
los derechos de viejos y nuevos discos paridos por la rumba afroantillana en
Nueva York.
Así la
salsa, catapultada por la radio y el mercado del disco -en una suerte de
mixtura de medios de difusión masiva- siguió abriéndose paso entre el
público de Medellín.
PUERTOS DE
RUMBA
Medellín
contó en los años setenta con pocos lugares públicos donde se escuchaba
salsa. Y los que tuvieron el atrevimiento de operar lo hicieron en zonas
casi marginales del centro, acosadas por la inseguridad, el arrabal y las
redadas policiales. Sólo unos cuantos negocios no reprodujeron ese habitat:
los que nacieron en la calle San Juan.
La
Internacional,
La Tambora, La Suiza, La Fania -con sedes en Envigado y en el barrio
Robledo- y Habana Club eran algunos de los locales que mayor fuerza
alcanzaron en esta avenida que atraviesa el barrio La América, un
tradicional sector de clase media. Allí los seguidores de la salsa tuvieron
otro reducido escenario donde gozar con los temas grabados en Nueva York.
Hace algo
más de una década nació en plena carrera 70 -boulevard de moda durante los
años ochenta para algunos sectores de las clases medias y altas,
especialmente emergentes- un pequeño negocio conocido como El Son de La 70.
El sitio rompió con la tradición ranchera y de música bailable tropical de
este frecuentado corredor de la vida nocturna en Medellín. A El Son de La 70
lo acompañaron tiempo después, sobre la acera contraria, Video Salsa y El
Swing Latino.
Mientras
tanto, los bares del centro comenzaron a afrontar una temporada decadente
que, uno a uno, los condenó a desaparecer o a trasladarse de lugar. Así el
Oro de Munich desapareció y el personal de La Bahía partió con sus bártulos
hacia el extremo norte de la Avenida Oriental. El Suave se quedó solo y hoy
combate contra lo que parecen ser sus últimas horas de vida en inmediaciones
de la carrera Bolívar.
Del
extremo sur. en Palacé, apenas sobrevive Brisas de Costa Rica. Carruseles,
tras convivir sin remedio con el lumpen que todavía patrulla la zona, cerró
sus puertas al comienzo de este año. El primero en desaparecer por un
incendio había sido El Aristi.
Claro,
hay que decirlo, la caída de estos refugios de rumba no se debió al
desvanecimiento del fenómeno, a la falta de seguidores de la salsa, por el
contrario en alza, sino a los cambios de usos urbanos del suelo generados
por las obras del Tren Metropolitano y a la consecuente y avanzada
lumpenización de algunas áreas centrales de la ciudad.
El boom
del disco y la radio, paulatinamente, se dio también para los negocios
salseros: surgieron en la última década nuevos establecimientos como el
Rincón Latino, en el barrio Buenos Aires; el Escondite de Mario y la Fuerza
de Los Ochenta, en el centro y El Templo Borinqueño y Convergencia en San
Juan, e incluso una taberna para los amantes de la música caribe en sus
formas típicas afrocubanas: El Goce Pagano, manejado por el conocido
investigador musical César Pagano, que se instaló en el parque central de El
Poblado, aunque apenas funcionó allí unos dos años.
Así
mismo, en muchos barrios populares y municipios cercanos, como Bello e
Itagüí, la afinidad de los pobladores con el canto y sus antecedentes de
rumba dieron vida a pequeños bares donde la salsa también afianzó su reinado
en la ciudad. En El Pedregal y Castilla, en Villa del Socorro y Populares.
El tumbao se multiplicó a pesar de la durísima situación de inseguridad que
comenzó a vivir Medellín a partir de 1989, como consecuencia de la guerra
del Estado contra los narcos y de la violencia que reventó por las numerosas
carencias de los pobladores de los barrios de la periferia.
Y la
batahola ha seguido: en los noventa aparecieron La Titular, en la Avenida
Oriental; el Tíbiri Tábara, en La 70 y Senegal, en la parte baja de la calle
10, sector de El Poblado.
HERMANOS LEBRON EN LA
TABERNA "SON DE LA LOMA" - ENVIGADO
La
expresión urbana de los ritmos afroantillanos, agrupados por el sonoro y
pegajoso término de SALSA, amplió su territorio no sólo en el imaginario de
la gente de los barrios de Medellín, sino también en la incorporación a las
dinámicas del consumo y del comercio local. Radiar salsa, vender discos y
consumir licor a golpes de tumba y bongó constituyeron formas de volver la
música del Caribe urbano una empresa rentable para quienes participaron y
gozaron el despegue de la rumba que medallo inventó en su propio salto a las
transformaciones activadas por el devenir urbano.
ORQUESTA ARAGON EN
MEDELLIN, FERIA DE LAS FLORES AÑO 2007
Estos
momentos la difusión, la compra y la rumba han permitido la ampliación del
fenómeno salsa hacia otros eventos que en el marco de la cultura urbana han
terminado por afianzar en la ciudad la percepción y apropiación del canto
caribeño como forma de identidad y de narración de la vida diaria.
Ya habrá
otra invitación a cumbanchar aquí para hablar de la salsa-vía, del
surgimiento de orquestas en Medellín, de la creciente organización de
conciertos y, por ende, de la visita de grandes bandas -¡de músicos!- y
cantantes que han reforzado y vivificado la cosa-salsa entre esta muchachada
que es sombra del tambor en las noches en que las penas tienen que salir a
bailar... aunque sea a la puerta de la calle en una ciudad que, como Maestra
Vida, "te da y te quita/ te quita y te da".
CITAS
BIBLIOGRÁFICAS
-(1):
ARTEAGA RODRÍGUEZ. José. Las ciudades de la noche roja: la Cultura de la
Violencia a través de la Salsa. En los imaginarios y la cultura popular.
Páginas 119 y 120. Cerec, Bogotá, septiembre de 1993.
-(2): COLON, Héctor Manuel. La calle que los marxistas nunca entendieron. En
revista Comunicación y Cultura- Página 85. México, 1984.
-(3): ULLOA, Alejandro. La salsa en Cali: entre lo popular y lo masivo de la
cultura urbana. Copia al original del ensayo ganador del concurso literario
René Uribe Ferrer, organizado por la Universidad Pontificia Bolivariana,
Página 118. Cali, octubre de 1986.
-(4): PAGANO, César. La salsa: cadencia y decadencia. Revista Número,
tercera edición, marzo-abril de 1994, Santafé de Bogotá, Colombia.
Por: Carlos Alberto Giraldo
Este articulo fue publicado por primera
vez en el periodico el Colombiano, el dia 11 de septiembre de 1994