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¿ QUIEN MATO A HECTOR PEREZ ?

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    Por Marvin Galeas.

    Quién mató a Héctor Pérez? Lo pregunto porque no creo que su muerte ocurrida en 1993 haya sido natural, como se informó. A aquel muchacho flaco al que todo mundo quería ¿lo mataron los vendedores de drogas? ¿O acaso fueron los malos amigos que le dieron la espalda en el peor momento de su vida? ¿O quizá los desalmados promotores que se lucraron de su talento?

    Lo conocí a mediados de los setenta en un concierto en Panamá. Yo era entonces un adolescente que había descubierto el embrujo irresistible de la música salsa y del estilo de sus estrellas: Cheo Feliciano "el niño mimado de Puerto Rico", Pete "El Conde" Rodríguez, Larry Harlow "el judío maravilloso", Ismael Miranda, Santos Colón y sobre todo Héctor Pérez, mejor conocido como Héctor Lavoe "el cantante de los cantantes".

    La voz de Cheo era de una textura profunda y aterciopelada, prodigiosos los dedos de Larry sobre el piano, mágicas las manos de Ray Barreto percutiendo los timbales y poderoso el sonido del trombón de Willy Colón.

    Pero era Héctor el más aplaudido, aclamado y querido. Lo tengo presente, flaco, traje de ejecutivo, la cadencia del ritmo en manos y pies y su canto con sabor a calle y farolazo de guaro macho "tu amor es un periódico de ayer, sensacional cuando salió en la madrugada, por la tarde noticia olvidada". Cuando se lanzaba con el clásico "Mi Gente", las multitudes de Puerto Rico, Nueva York y Panamá entraban en un sabroso frenesí de pachanga de cuerdas, metales y bongó.

    Su lírica era la crónica urbana, la riña de cantina, las andadas del maleante, pero más que todo el amor que se sufre, el beso traicionado, el despecho que rompe el corazón y el consuelo falso y fugaz en los dominios donde el sexo se paga al contado: "Pensaré que sólo es bello, este instante del amor. Pero no me preguntes nada, hazlo si quieres por favor. Bebamos en la copa de la aurora y esta noche pecadora, emborráchame de amor".

    Su vida era un permanente show: conciertos tras concierto con el gentío aplaudiendo, las grabaciones, las giras, las entrevistas, las juergas hasta bien avanzada la noche y los ensayos y los autógrafos y los reflectores y otra vez los aplausos. Pero cuando terminaba el espectáculo y se apagaba el lucerío lo que quedaba era una pobre alma solitaria y llena de miedo en la oscuridad. El lo decía "yo soy el cantante, porque lo mío es cantar, y nadie pregunta si sufro y si lloro, si llevo una pena que hiere muy hondo".

    Entonces, como hicieron Diego Maradona y Jim Morrison o como Edgar Allan Poe y Arthur Rimbaud, acudió a la droga. Con la maldita droga buscaba una tregua de las largas jornadas que le demandaban los contratos que en letra chiquita le pedían siempre más. Buscaba olvidar que vivía de la fama que le quitaba la vida y amortiguar la profunda tristeza en que le dejaban sus espectáculos con sobredosis de alegría.

    El año de 1987 fue terrible para Héctor Lavoe. Se incendió su apartamento en Nueva York y al saltar desde una segunda planta para salvar la vida, se fracturó las piernas, murió su hermano mayor, mataron a su suegra y falleció su padre.

    Pero la más grande de las desgracias vino cuando su hijo de 18 años, el ser que más quería, murió por un disparo accidental. Entonces evocando a su hijo y llorando lágrimas de sal cantó con inenarrable dolor "y sin embargo tus ojos azules, azul que tienen el cielo y el mar, que se han cerrado para mi, sin ver que estoy aquí, perdido en mi soledad".

    Se volvió a lanzar de un edificio pero esta vez para suicidarse, pero sólo logró fracturarse todo el cuerpo y dañar para siempre sus cuerdas vocales. La mitad de la cara le quedó paralizada y no podía cantar. Sus amigos lo abandonaron. No tenía dinero. Entonces los promotores, queriendo ganar un poco más, obligaron a lo que quedaba de él a presentarse en un concierto. Y Héctor con muletas fue. Trató pero por la parálisis sólo emitió un grito desgarrador.

    El público convocado para el "Gran Regreso del Cantante de los Cantantes" lloró de pena, rabia y dolor. Pocos días después en un Hospital de Nueva York un día de junio de 1993, Héctor Lavoe murió.

     

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